Caminando Sobre la Arena con mi Tio Muerto

Basta de esperar. Sigue caminando. Ni siquiera sé lo que estoy esperando. No viene. No hay más interrupciones. No más huir. He llegado al otro lado del mundo! No hay más, ¿verdad? Veo a un muchacho, casi un hombre joven, en un monopatín. Se pone los auriculares y no me mira. La manera de andar, su empuja y monta, es familiar. Me hace sonreír. Me hace sentir que yo también me monto en ese monopatín, como si estuviera volando, sin preocupaciones, latido a latido, y luego me monto en mi vieja motocicleta y despego, a volar un poco más. Eso fue ayer, en cambio, hoy, vuelvo sobre los pasos de mis antepasados. Arrastro los pies despacio por los caminos polvorientos de El Bosc de Valls, brincos ágiles de mi padre sobre los adoquines de la plaza del pueblo, las piedras blanqueadas por el sol de Veracruz por debajo de mis pies, que se convierten en la arena entre mis desnudos dedos de los pies, mis tobillos enjoyados, a la vera de un mar índigo en el fin del mundo.

Siento la muerte de los ideales, atenuándose para siempre, en este preciso instante, hace sesenta y tres años. No te conocí, tío Albert. Apenas he oído hablar de ti, y aquí estamos, tú y yo caminando juntos en la arena. Tú en Veracruz, yo en Oz. No se nada de ti, tío Albert, pero tu corazón es mi corazón, y tu alma flota sobre mí mi como si yo fuera tu última canción y tu orgullo al morir. Te digo: debería ser al revés, deja que te despierte para que puedas iluminar mi camino; sí, ahora sí te entiendo. Nunca había pensado en tí hasta este año: con toda mi familia muerta has venido a levantar el velo que arrojaron sobre nosotros. Siento tu amor tierno, tus gustos delicados, tu voz habla poesía y esperanza y luego llora dónde nadie, excepto tu hija muerta y yo, puede escucharla.

Leo el libro de tu hija: tu soledad, tu soledad, tu soledad, tu abandono, tu amargura, tu pena, tu fracaso, tumba, re-tumba dentro de mi como si yo estuviera hueca por dentro y tu fueras una pelota de goma dura desbocada; tumba y re-tumba. Cierro los ojos. Mi hijo me mira, deja de leer y me pregunta, “Por qué no lees?” Le miro y veo el espejo seco que son sus ojos. “Pienso.” Y estoy pensando en ti. Proyectándome hacia el pasado y te oigo llorar, te entiendo. Yo no tuve que huir por la guerra pero si por mis ideas, aunque no las compartiera ni estaban de moda. Y, bueno sí, la guerra de casa. La que parece que nadie notaba. De la que sólo yo hablo. Será que se acostumbraron de pequeños a ignorar los disparos y luego nuestras ausencias. Nunca les oirás hablar de nosotros. Hay un poquito por internet. De primos fantasma. Les escribo pero no me contestan. Será porque investigan y ven que soy actriz y tú poeta?

Tío Albert, da igual, no les necesitamos, quiero hablar contigo, y lo hago, quiero besar esos ojos grandes y marrones como los de mi hijo. Y lo hago; los tienes cerrados y están calientes y húmedos como de haber llorado y te los beso y te los enfrío, te calmo y te entiendo como sólo un desechado entiende a otro.

Enough waiting. Keep walking. I don’t even know what I’m waiting for. It’s not coming. No more interruptions. No more running away. I’ve reached the other side of the world! There is no further, is there? I see a boy, almost a young man, on a skateboard. He dons headphones and doesn’t look at me. The gait, the pushing and mounting, is familiar. It makes me smile. It makes me feel like I am getting on that skateboard and I am flying, carefree, beat by beat; then, I get on the back of my old motorcycle and take off, fly some more.

That was yesterday, instead, today, I retrace the steps of my ancestors. Shuffling along leisurely on the dusty paths of El Bosc de Valls, then, my father’s lithe skipping over the cobblestones in the town’s square, the sun bleached stones of Veracruz below my feet morph into the sand between my naked toes and my bejeweled ankles by an indigo sea at the end of the world.

I’m feeling the death of ever-thinning ideals in that precise instant, sixty three years ago. I didn’t meet you, uncle Albert. I barely ever heard of you, and here we are, you and I walking together over the sand. You in Veracruz, me in Oz. I didn’t know you, great uncle Albert, but your heart is my heart, and your soul floats over me like I’m your last song and your dying pride. Let me tell you, it should be the other way around, let me wake you so you may light my path, and yes, I understand you now. I had never thought about you until this year, with all my family dead, you come to lift the veil they threw over us. I feel your gentle love, your delicate tastes. Your voice speaks poetry and hope and then it cries, where no one, but your dead daughter and I, can hear it.

I read your daughter’s book; your loneliness, your loneliness, your loneliness, your abandonment, your bitterness, your grief, your failure, your tomb, tumbles inside of me like I was hollow inside and you were a rubber ball tomb-tumbling hard. I close my eyes. My son looks at me, stops reading and asks me, “Why are you not reading?” I look at him and see the dry mirror of his eyes. “I’m thinking.” And I’m thinking of you.

Journeying into the past to I hear you cry, I understand. I did not have to flee because of the war but my ideas; I’m not sure they were shared nor fashionable. And, well yes, because of the war at home which seems no one noticed. Only I speak of it. Maybe, as children will do, they got used  to ignore the gun shots and then our absences. You never hear them talk about us. There is a little bit online. Ghost cousins. I write but they do not answer me. Maybe they investigate and see that I am an actress and you a poet?

Uncle Albert, nevermind, we do not need them, I want to talk to you, and I do, I want to kiss those big brown eyes like my son’s, and I do; they are shut and are hot and humid as if you’ve been crying and kiss them and cool them, calm you, and understand you as only one who is discarded understands another.

Screen Shot 2016-06-03 at 12.17.48 PM

 

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