Verde Lago

Flotando en medio del lago sola, indolente, la barbilla apoyada en la inflada almohada, el culo hacia arriba, todavía espectacular y redondo, con la mano metida en el agua verde y tibia, casi caliente, puedo sentir esta emoción verdaderamente. No quiero darle nombre, porque aunque duela, éste es un sentimiento puro, de niña, casi. Es un tipo de soledad que se dibuja por contraste, al sol, con matices fuertes, es casi de comic del Sió: la niña de los rizos terribles, la nariz definida y la barbilla torneada; de pechos pequeños y culo rotundo, ambos perfectos, y aunque ahora es mujerona, todavía siente esa soledad casi dulce, la soledad de alguien que se fundió con el cielo, el sol y el mar, derramándolo todo junto sobre la tierra, después de fregárselo por dentro, por aceptarte a ti, y encuentra la paz del mundo y, como quien atrapa una pluma al aire, la deposita cuidadosamente sobre la mesa. Luego tú te retiras, caminando de espaldas como se hace con los reyes, sin perderme de vista a mi, la reina, que se queda un poco mas sola con cada paso, en mi reino acuático, en un silencio casi perfecto. Como hoy. Sólo que hoy hace ya tanto tiempo. La paz no la perdí nunca más, al menos no del todo, pero ahora es ligera y por dentro, como lo son los recuerdos, y, sí, las plumas; y aquí flotando en el lago, la paz se ha convertido en recuerdo y el recuerdo en un dolor de ninfa perdida, que ya ha renunciado a encontrar a los suyos y se deja flotar, casi gozando del dolor que se ha vestido de verde lago y viene cantando una nana de silencio y olvido.

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